Mostrando entradas con la etiqueta nota de opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nota de opinión. Mostrar todas las entradas

8 de agosto de 2011

De cómo hacer lobby (literario)

Sí, el lobby literario también existe. Calculo que no estoy diciendo ninguna novedad, pero nunca, hasta hoy, había tenido el desagrado de verlo con mis propios ojos. La operación es tan simple como macabra: alguien que se autodenomina "poeta" (sin el más mínimo mérito para ello) induce (vaya a uno a saber con qué artes, aunque es fácil suponerlo) a un par de amigos/conocidos/etc. para que escriban un artículo demostrando la inexistente valía poética de la personaja en cuestión. Resultado: un "artículo" que uno no sabe si es una pura joda entre amigos (como las que hacían Alejandra Pizarnik y Sylvia Molloy hace cuarenta años o más) o si realmente están hablando en serio. Porque si están hablando "en serio" entonces sí que estamos al horno. Con fritas. 
Si están hablando "en serio" están legitimando, no importa que sea desde una revista electrónica y con nula o escasa llegada a un público más masivo (igual sabemos que el público de la poesía siempre será minotario), un modo de hacer poesía que al modesto entender de esta servidora no tiene nada (pero nada) que ver con la poesía. Están legitimando la pavada. Están legitimando el fraude. 
Hay quien se pregunta si no será que nosotros (los que no hacemos lobby) no nos estaremos perdiendo de algo. Si no será que "no entendemos". No creo que sea así. Me precio de tener una mente racional, bien dispuesta al entendimiento. Me precio de tener un espíritu que goza con la poesía tanto como con la música y con muchas otras manifestaciones artísticas del ser humano. Me precio de haber leído algo. Incluso me precio de haber estudiado unas cuantas asignaturas en la universidad. Y más todavía, me precio de tener algo genuino (y no humo, como estos mercachifles) que transmitirles a quienes todas las semanas asisten a mis dos talleres. Por ende, no creo "no estar entendiendo algo" al suponer que esta idiotez que nos quieren vender como poesía sea poesía. 
Resumo: el próximo mes se celebrará el Festival de Poesía de Rosario, un evento que se supone "serio", bien organizado, ajeno a los cotorreos porteño-palermitanos, etc. Quizá resulte que no era tan así. Un colega (Eduardo Espósito) ha levantado su voz en Facebook y otros medios acerca de este próximo festival: al parecer, una de las "estrellas invitadas" será la ¿poeta? Fernanda Laguna, también conocida como Dalia Rosetti. Para quienes no estén familiarizados con su obra, he aquí una muestra que me exime de cualquier otra explicación: 

Xuxa es hermosa.
Su cabello es hermoso
y su boca dice cosas hermosas.
Yo creo en su corazón.
Xuxa es hermosa.

(pueden encontrar otras excelsitudes por el estilo en el artículo que ha hecho circular Espósito, aquí)

Dejemos por el momento el asunto de si vale la pena invitar a un festival internacional a alguien que escribe como si tuviera cinco años o menos. Vayamos a lo que me preocupa más, que es el lobby y la legitimación de prácticas que poco o nada que tienen que ver con la poesía y que pretenden que quienes seguimos haciendo poesía "a la vieja usanza" somos unos retrógrados reaccionarios que "no entendemos nada". ¿Qué es hacer poesía a la vieja usanza -y no digo "vieja" en un sentido peyorativo, pues nos asisten dos mil años de práctica maravillosa y constante, por poner apenas un límite temporal? Es comprender que el ritmo (y ninguna otra cosa) define cabalmente un verso. Que un verso no es cortar las oraciones donde se me da la gana. Que hay una cadencia, un tono, una melodía. Que la metáfora existe y no es pecado usarla. Que los recursos retóricos no son piezas de museo (lo son únicamente en manos inexpertas). Que la poesía no es la cara bonita de la prosa. Que la poesía no es prosa disfrazada, ni renglones más o menos rimados. Que la poesía es una revelación, una epifanía, un darse cuenta, pero un darse cuenta abismal, ontológico. Que los consejos que le dio Rilke al joven poeta de marras allá lejos y hace tiempo todavía tienen vigencia. Que si queremos hablar de culos, tetas y pijas, o de gays y lesbianas, en nuestros poemas, haríamos bien en leer primero a Catulo que ya habló de todos ellos en el siglo I a. C. Que los burgueses ya no se espantan con poesía (ni con nada). Que si no vamos a corregir lo que escribimos, mejor ni nos gastemos en escribirlo. Que la creación (poética y de cualquier tipo) implica trabajo, oficio, laburo. Mucho laburo. Que escribir bien no es "ser legible" como sostienen estos dos lobbystas insoportables. Escribir bien es hacer que el lector quiera dar vuelta la página o ver cómo termina el poema, no cerrar el libro de golpe asqueado por las idioteces de jardín de infantes que le toca en suerte leer gracias a artículos y movidas como estos. Escribir bien lleva años de estar sentado frente al papel, la máquina de escribir o la notebook, quizás "perdiendo un año en una e", como decía César Fernández Moreno. Escribir bien, como todo juego, tiene reglas. Reglas que se mantienen inalterables a lo largo de los siglos. Reglas que por más que se quieran ignorar terminan imponiéndose (¿o acaso no saben estos iluminados que el lenguaje es fascista, cfr. Barthes?). Escribir bien no es nada de lo que estos imbéciles nos quieren hacer creer que es. Todos estos nabos snobs y posmodernos deberían recordar las sabias palabras que el jefe de redacción de uno de los diarios donde Hemingway hizo sus primeras armas pegó en un cartel: "Por favor, no se haga el artista". 
Eso. Por favor, si se va a hacer el artista, hágalo en otro lado, donde sus artistadas puedan tener algún efecto, donde alguien que no ha leído ni vivido nada pueda celebrarlas haciendo palmas y lobbys varios. Si se va a hacer el artista, no ensucie la palabra poesía con estas "geniales" chantadas. 
Artista se es y se es desde el comienzo. Los gestos "rebolusionarios" al estilo Duchamp caducaron inmediatamente después de que el mismo Duchamp los hiciera. Basta de mingitorios en el museo. Basta de poemas imbéciles, que no dicen nada, que no revelan ni la más mínima emoción estética (ni de ninguna otra clase, siquiera), que creen estar rompiendo todo cuando no hacen más que reproducir lo peor de nuestra sociedad: la falta de esfuerzo, la falta de mérito, el individualismo más masturbatorio y narcisista, la asquerosa idea de que no es necesario leer ni saber ni estudiar ni nada para dominar cualquier arte. 
Dije idea asquerosa, sí. Porque lo que leí en ese artículo me dio, fundalmentalmente, asco. Y bronca, mucha bronca. Y aquí lo dejo asentado. Abomino de esta supuesta vanguardia y sigo reivindicando a quienes calladamente, sin lobbys ni nada por el estilo, hicieron y hacen algo por la poesía. No hace falta nombrarlos, lo que hace falta es leerlos. Cada uno sabe quiénes son.
Por suerte, hay un dios al que nadie escapará, se llame como se llame y haga el lobby que haga: el Tiempo. Vamos a ver quién se acuerda de estas banalidades dentro de cinco o diez años. Por mi parte, espero que caigan en el más negro olvido. Ojo, no soy ingenua: sé que existe la tradición selectiva, sé que existe la hegemonía. Pero también sé que las obras verdaderas superan incluso estos escollos. Dos mil años de poesía así lo atestiguan.

8 de agosto de 2009

¿Alguien le puede explicar a esta chica lo que es un poema?

A ver: hace rato que quería hablar de esta infradotada pero nunca se presentaba la oportunidad. Hoy, mientras estaba en el trabajo, una amiga me acercó la noticia: la Secretaría de Cultura de la Nación (nada menos) habría premiado (uso el condicional porque ahora parece que no es así) a la "vedette" (si me preguntan, vedette para mí era Nélida Lobato, incluso hasta Moria Casán en sus comienzos y no estas arrastradas de ahora, pero bueno...) Belén Francese, por (agarrensen de las manos porque esto es mor-tal) "incentivar a los adolescentes a la lectura y el arte posmoderno".
¡Mi Dios querido! ¿Qué carajo será el "arte posmoderno"? me pregunto compungida. ¿A qué se referirán con "incentivar a la lectura" si sus textos son meramente jueguitos de palabras propios de un niño de corta edad? ¿Y por qué sólo se refieren a una porción etaria tan inestable como los "adolescentes", quienes por regla general no agarran un libro a menos que sean emos o seres traumatizados desde pequeños? ¿Acaso alguien puede creer semejante barrabasada, semejante estupidez, semejante bochorno?
Y sí. Cuando se piensa en la barrabasada, estupidez y bochorno que se hizo para un evento tan magno y trascendental como la Feria del Libro de Frankfurt (donde en lugar de pensar en los representantes más obvios y preclaros de la cultura nacional, como 1) Borges, 2) Cortázar y 3) -aunque no es santo de mi devoción precisamente, pero pongamos- Sábato, se pensó en Maradona, Evita y no sé qué otras "figuras" más), no resulta extraño que a algún iluminado se le ocurra premiar a esta tirapetes, como diría un compañero de trabajo. 
Pero no perdamos precioso tiempo ni gastemos pólvora en chimangos. Ya se sabe que este país es una joda y que los dueños del circo siempre son otros (y son, básicamente, siempre los mismos). Si le quieren dar un premio a esta bi-neurona siliconada, esta Leuconoe (*) posmoderna, perfecto. Si es, como se dijo luego, una movida de prensa, peor aún, pero no es eso en realidad lo que a mí más preocupa (aunque todo esto me provocó una sensación de incredulidad mezclada con desolación e impotencia, y a la vez funcionó, a Dios gracias, como un incentivo más para perseverar en mi camino de la búsqueda constante de la superación, de la precisión, de la concisión, de la belleza y del saber...). Lo que más me preocupa es que alguien pueda llegar a creer que las pelotudeces rimadas que, supuestamente, escribió esta lumbrera de la calle Corrientes (me permito dudar que haya escrito ni una sola vocal, pero, bueno, no tengo pruebas...) es poesía. 
Y no es exagerado creer que eso es posible, porque en el imaginario de la gente, la poesía suele ser una cosa medio indefinible que, sin embargo, se destaca por la rima, un detalle menor, a decir verdad, pero inculcado seguramente por los años y años de machaque escolar con la maquinita ritmíca de la rima a cualquier precio. Y de eso es, en realidad, de lo que quiero hablar. Quiero contarles a todos aquellos que se aventuren por aquí que NO es la rima, ni siquiera son los versos, los que definen, técnicamente hablando, qué cosa sea un poema. Y aquí me veo ya a los supuestos irreverentes del verso, a los libérrimos poetas del sentimiento, a mis queridos poeñoños rasgándose todas las vestiduras con sus afiladísimas plumas al grito de "nadie puede definir qué es un poema, qué es eso de definir técnicamente un poema, no hay técnica en esto, no hay reglas, sólo el hondo sentir del sentimiento del poeta, blah, blah, blah". Bueno, queridos, bufen, y bufen mucho, porque sí hay reglas, sí hay técnicas, sí hay procedimientos y sí hay maneras de saber qué es un poema y qué no lo es, aunque, desde luego, persista siempre un halo de magia y misterio que escapará irreversiblemente a cualquier intento de definición (pero eso pasa con cualquier rama del arte y con cualquier cosa que, en última instancia, tenga que ver con el ser humano y lo que lo rodea). 
Vamos a clarificar un poquito la cosa. Cuando aquí yo hablo de poesía, me refiero siempre a la poesía lírica. Me refiero a los textos que pueden ser pasibles de ser definidos como textos poemáticos líricos y no como simples textos poemáticos o, bien, textos versificados. Porque el hecho de que un texto esté escrito en verso e incluso que rime NO significa, técnicamente hablando, que se trate de un poema lírico. Daré un ejemplo clarísimo: todos deben conocer esos versos que rezan "Treinta días trae septiembre / con abril, junio y noviembre...". Bien. ¿Es eso un poema lírico? No: es un texto poemático versificado. ¿Por qué no es un poema lírico? Porque no transgrede un esquema discursivo anterior. Lo que diferencia un texto "en verso" de un poema lírico es justamente eso: que el texto lírico siempre (y cuando digo siempre, quiere decir SIEMPRE) transgrede, subvierte, transforma, muta, retuerce, exprime, subleva y varios verbos por el estilo más, un esquema discursivo previo, cualquiera sea éste y de todos los modos imaginables: fonemática, sonora, espacial, semántica y sintácticamente hablando. Por eso "Poesía eres tú" de Bécquer es un poema lírico (porque retuerce o resignifica o refuncionaliza un diálogo entre un hombre y su enamorada) y no un texto versificado como sí lo es "Treinta días..." o las pelotudeces atómicas que publicó Francese. 
Entonces... cuando se entienda la diferencia entre una cosa y otra, se comprenderá también por qué suelo enojarme tanto con los poeñoños y por qué me da tanta pena ver que nadie o que muy poca gente se revienta el lomo laburando en sus textos, que casi nadie se toma en serio su oficio, que casi todos creen que esto de escribir es soplar y hacer una botellita atrás de la otra, todas siempre igualitas, como si fuera una fábrica de caramelos... No, señores: el poeta no es un reproductor asintomático de lo que ve, el poeta no es un periodista romántico que escribe versitos para conformar a los piqueteros ni es un héroe que cree que va a salvar al mundo ametrallando dictadores con poesía. 
El poeta apenas puede con su propia salvación y lo único que quiere cambiar es su propia forma de decir para poder decir aquello que le bulle en las entrañas como un ronco volcán del modo más claro posible (eso que, de todos modos, se le escapará, porque el lenguaje, que es su ÚNICA MATERIA, es intrínsecamente opaco, ambiguo y fascista, y nunca le permitirá decir lo que él realmente quiere decir..., pero no importa; el poeta, si es un poeta de verdad, perseverará, resistirá, eludirá todas las trampas, le pondrá a su vez otras al lenguaje y no cejará jamás en su intento). El poeta puede jugar infinitamente con las palabras y con el lenguaje e incluso permitirse rimas más pelotudas e infradotadas que las de Francese pero con la gran diferencia de que siempre se va a tomar muy en serio su quehacer, que no es otro que el de avivarnos, el de decirnos "carpe diem!" a cada instante, porque la vida es justamente eso, un instante y se va, ya se fue, ya pasó y nosotros, entretanto, ¿qué hicimos? 
Si alguna función debe tener el arte en general o la poesía en particular, creo que ha de ser esa: alertar de la fugacidad y de la belleza de la Creación. Y aunque todos puedan poner por escrito (que NO es lo mismo que escribir) sus impresiones al respecto, sólo aquellos que tengan el talento, el tesón y la resistencia necesarias lograrán transformar esas impresiones en algo trascendente, en algo que quizás (y sólo quizás) pueda ser digno de ser llamado arte algún día. 

(*) Leuconoe: del griego "leuco", blanco, y "nous", pensamiento. Traducido: "mente en blanco" (una forma fina de decir, gracias a Horacio, estúpida).

29 de julio de 2009

Contra los catadores de lo simple

Todavía sigo encontrando gente para quien es más importante qué se dice que cómo se dice. Es increíble pero aún persiste ese tipo de pensamiento, ya sea entre gente que escribe o entre gente a la que simplemente le gusta leer y no tiene ninguna otra pretensión artística. Por lo general, es la misma gente que adora a Benedetti y a otros sujetos por el estilo, esos poetas de la claridad prosaica, de la transparencia más anodina, de la "objetividad" copiada del discurso rimbombante de los noticieros. Debe ser, seguramente, un empeño vano hacerle entender a esta gente que la literatura es justamente todo lo contrario: la literatura es opaca de por sí, es similar a una bruma, una niebla, que deja entrever algunas formas y esconde otras; nunca pone todo en la superficie, nunca deja todo al descubierto. Pero, claro, cómo hacerle entender a un degustador de la falsa sencillez que eso no es lo que desde hace unos dos mil años (sólo para limitarnos a la nomenclatura occidental y cristiana del tiempo) se entiende por "literatura", o, en el caso que me obsede, "poesía".
Igual que los poeñoños, los catadores de lo simple protestan cuando un poema se las pone complicada, cuando "no se entiende lo que quiere decir", cuando "no está claro". ¿Pensaron estas personas que la poesía no es para ser "entendida" como se entiende un problema matemático? ¿Se detuvieron a pensar que la poesía es más bien para ser pensada como un dilema filosófico? ¿Se pusieron a investigar alguna vez las poderosas raíces que enlazan, como vasos comunicantes subterráneos, a la filosofía y la poesía? Seguramente no.
La poesía es, ante todo, un modo de estar en el mundo. Y frente a aquellos que reclaman la acción por parte del poeta (como si su hacer poético no fuera suficiente), sería bueno oponer la raíz etimológica de donde deriva todo esto: el verbo griego 'poieo' significa, primeramente, "hacer". Por tanto, el poeta está haciendo aunque no salga con un fusil a matar a los opresores, como muchos aún le reclaman, en pleno siglo XXI. Y frente a otros tantos que pugnan por una "literatura solidaria", como tuve el horror de leer no hace mucho en un foro poético, sería también interesante oponerles otra incontrastable verdad: no hay "solidaridad" alguna en el acto literario, más aún, en el acto artístico. El arte es gratuito, es inútil, no tiene que venir teñido de segundas, terceras o cuartas intenciones, el arte simplemente es y menos que menos tiene que venir a cumplir las funciones del estado o de quien fuera. El arte está ahí para avisarnos que el mundo no es como lo vemos a diario y por esa sola tarea ya está dispensado de hacer nada más. No necesita ser "solidario" ni "combativo" ni "revolucionario" ni ninguna otra cosa por el estilo, porque en su misma raíz, en su misma definición está presente la subversión del orden conocido y establecido.
Pero, claro. Vaya usted a decirle todo esto a alguien convencido de que no importa cómo se dicen las cosas (precisamente aquello que diferencia lo artístico de todo lo que no lo es), a alguien que todavía cree en la revolución, en el cambio y en otras ramas de la literatura fantástica. El cambio sobrevendrá cuando los "clarificadores" dejen de seguir reproduciendo la vida "tal cual es" en su prístinos y ñoños textos y comiencen a mostrar justamente aquello que no queremos ver, las heridas, las feas cicatrices, los momentos verdaderamente horrendos, las zozobras ínsitas del alma, los escozores, los temores, las tragedias auténticas, todo lo que el humano ser se especializa en barrer debajo de la alfombra. Es precisamente el arte, en todas sus formas, el que viene a desenmascarar todo eso, y lo desenmascara, vaya paradoja, con belleza, con erudición, con profundidad, con una cosmovisión detrás, no con palabritas adecuadas para los oídos de los bienpensantes y de las señoras gordas que todavía creen que la realidad es lo que pasa en la tele.

22 de mayo de 2009

La verdad de la milanesa

Después del aluvión Benedetti (he aquí alguien que tuvo todavía más pelotas que yo -que sólo tengo ovarios- para decir las cosas como son), de recibir en Facebook incontables mensajes con fragmentos de sus poemas, con videos, con saludos, con lloros y felicitaciones mutuas entre todas sus viudas, vuelvo a mi prédica habitual. 
Esta vez, otro poeta español viene al rescate. Luis Antonio de Villena, posiblemente un inconnú en estas pampas, da en el clavo, en mi opinión, en las siguientes declaraciones: 

Poetas hay muchos, pero pocos buenos. La poesía es el género más fácil de hacer, pero el más difícil de hacer bien. Una persona que durante treinta días escribe cada noche sus angustias, en un mes ya tiene un libro. Obviamente, será un libro muy malo, porque son llantinas del corazón. Sin embargo, un novelista, aunque sea muy malo, tiene que rellenar 250 páginas. Una novela cuesta mucho trabajo hacerla. Un libro de poesía mala se hace en treinta días.

A mí antes, cuando era malo, porque ahora soy más bueno, me dejaban libros con frases como: "Anoche yo sufrí desesperadamente, monstruos convulsos rondaban mi cama". Yo los llamo poemas de mala noche. En lugar de escribir poesía, esta gente tendría que tomarse una aspirina. En España, por ejemplo, un premio de poesía no significa nada. Significa que la editorial edita el libro. Estaría bien que al poeta que empieza le pusieran más dificultades. Si a un concurso de poesía se presentan cien títulos, a uno de novela se presentan doce. No obstante, hacer un libro de poesía bueno es más difícil que hacer una buena novela. Un mal libro de poesía lo hace hasta una portera, con todos mis respetos. Lo hace cualquiera.

Y mucha razón tiene también quien cita primero esta nota (aquí la pueden leer completa), el venezolano Jorge Gómez Jiménez, en su excelente blog Letralia al aseverar que hay una verdadera repulsa al trabajo e incluso a la mera idea de que escribir es un esfuerzo, es un trabajo incluso físico, que implica un desgaste y una concentración mental muy grandes y que no basta con poner dos o tres pavadas cortadas como un verso para, mágicamente, obtener un poema.
Que hay malos novelistas no es ninguna novedad, pero lo que realmente abunda son los malos poetas. No sólo de la mano de Benedetti (o, mejor dicho, de su imagen mediática como prototipo del "poeta") y otros por el estilo, sino apoyados en la falsa idea de que como la poesía es breve, "naturalmente" debe ser más fácil escribirla... Una idea tan peregrina como ésa sólo puede concebirse en la mente de los simples, de los ignaros, de los que nunca han usado más de tres neuronas en una misma sinapsis. Cualquiera que haya leído un poco sabe que es mucho más díficil lograr un poema más o menos pasable (no digamos ya bueno) que una prosa regular. 
Prosa regular se logra sin ningún esfuerzo: poesía mala, de la peor, con menos esfuerzo aún. Y como vivimos en una sociedad que premia SIEMPRE la ley del menor esfuerzo, que incluso incentiva el ideologema del batacazo, del salvarse de cualquier manera que NO implique el trabajo rudo y constante, que todo el tiempo ofrece salidas fáciles para toda clase de problemas y situaciones, resulta bastante natural que los poetas malos florezcan como hongos después de la lluvia (puta, qué lugar común acabo de mandarme, sepan disculpar, no es una noche muy "inspirada", ja ja). Ni hablar si a esto le sumamos la facilidad con que hoy día puede accederse a un medio de comunicación masiva sin pasar por ningún filtro o instancia mediadora antes. Ya vemos que cualquier hijo de vecino, una servidora incluida, tiene su blog, su paginita web, su perfil de Facebook, etc. 
Y a todo esto, yo siempre me pregunto, ¿y la poesía dónde está? ¿Dónde queda la poesía después de todo esto? ¿A dónde vamos a llegar si los poetas malos se leen y festejan entre ellos y los más o menos buenos nos ignoramos cortésmente unos a otros? ¿Dónde nos puede llevar este egoísmo, esta auténtica competencia desleal? Flaco favor le hacemos a las letras y a su verdadera difusión como vehículo de expansión y conocimiento (por ende de libertad) si seguimos ombligueándonos tan alegremente...

17 de mayo de 2009

Un bastión de los poeñoños

Me entero por FB, una vez más, que hoy falleció Mario Benedetti. Ahórrenme ponerle links y demás, porque es harto conocido y porque la web debe estar hoy inundada de ellos. Benedetti no es santo de mi devoción. Lo he leído, no vayan a creer. Su libro de haikus, por ejemplo, me parece algo de lo más bello. Pero en general no me gusta porque es el paradigma de lo cursi. De lo remanido. De lo ochentamil veces visto. De, justamente, lo que intento combatir en estas y otras tantas páginas. 
Nunca leí un verso suyo que me iluminara, me cambiara la vida o me arrojara a una nueva comprensión de las cosas o del mundo. Es un poeta de los que bien podrían llamarse "reproductores", siguiendo la terminología althusseriana (o una deformación de ella). Es un poeta que reproduce y no RECREA la realidad. No dice nada que no sepamos, no sorprende, no estimula. Por eso gusta tanto a los ñoños. No conozco un solo poeñoño que no se encandile, admire, desmaye y orine por Benedetti. Es, justamente, el paladín que justifica todos sus desvaríos. Es el poeta que los confirma en su hacer, mediante el siguiente silogismo: "Si Benedetti lo hace y es famoso y reconocido, ¿por qué no iba a hacerlo yo?". 
Desde luego, afirmar semejante cosa no me va a ganar amigos, más bien todo lo contrario, pero no me importa. Ésta es mi tribuna de opinión y estoy autorizada a decir lo que me plazca, que para algo es mi blog y punto. Si alguien disiente, que comente y ofrezca pruebas contundentes de que Benedetti no es un poeta mediocre, de segunda línea, tanto en Uruguay como en el resto de la cultura hispana. Que sea muy leído y muy vendido no significa que sea bueno (una cosa que los poeñoños deberían aprender a no confundir es la literatura con la sociología de la literatura). Otros poetas uruguayos le pasan el trapo sin el menor esfuerzo. La propia Idea, entre ellos. 
Lo malo del caso, en mi opinión, no es la poesía en sí de Benedetti, porque eso en última instancia es algo que afecta -o no- a la subjetividad de cada cual y listo, si no la imagen de poeta (una cuestión de sociología de la literatura, insisto) que se construyó mediáticamente a partir de ella. ¿Qué quiero decir con esto? Que basta decirle a alguien que no es "del palo", por así decirlo, que uno es poeta para que inmediatamente pregunte "ah... ¿te gusta Benedetti? ¡a mí me encanta...!" (otro tanto pasa con Neruda, pero Neruda al menos tuvo etapas de buena poesía o de poesía salvable cuando menos). ¿Y cómo explicarle a esta persona que uno detesta a Benedetti porque justamente encarna todo lo contrario de lo que uno cree que debe ser un poeta? Se complica bastante. En cuanto se le responde que "la verdad mucho no me gusta..." uno comienza a ser mirado como el bicho raro que sin dudas es y probablemente ya no le dirijan más la palabra. Más que nunca, entonces, se recuerdan los versos inmortales de Baudelaire, aquellos que comparaban al Poeta con el albatros, ese rey de los mares que en la tierra no podía caminar...

10 de mayo de 2009

Sobredosis de poesía

En el último mes participé en varios eventos poéticos (dos fechas de "Vientos Contrarios", ciclo en el cual ahora también participo en la coordinación, el ciclo "Bendita Erato" y "Reunión de Voces") y he sufrido una especie de "sobredosis" de poesía, de poesía leída en voz alta / recitada / declamada / actuada / llorada, según el caso. 
Esta sobredosis no ha operado aún, creo, efectos benéficos, aunque tampoco perniciosos. Mejor dicho, quizá el efecto benéfico ha sido comprobar que un poema debe sostenerse tanto en la lectura en voz alta como también (y quizá primordialmente) en el papel, en la lectura silenciosa y recogida del otro. Uno, como poeta, puede declamarlo, actuarlo, ponerle entonaciones dignas de Oscar Casco y hasta cantarlo con la voz sensual y mimosa de Orleya si quiere, pero si después ese mismo poema no se banca la lectura silenciosa, es decir, si en el papel no dice nada, no tendrá ningún sentido tanto andamiaje oral en vano. Por mi parte, procuro que esto no me suceda, pero no sé si lo he logrado. 
Lo que sí he notado es que, ¡nuevamente!, mi gusto poético choca con el de la mayoría. En el encuentro de poetas "Reunión de Voces" se realizó un mini certamen entre los asistentes y un jurado especial eligió a 9 finalistas, entre quienes los escritores acreditados debíamos elegir al ganador. Pues bien: de los 9 elegidos, en mi opinión sólo dos tenían el suficiente vuelo poético, calidad y originalidad como para merecer una distinción y entre ellos dos uno realmente (Jonatan Márquez) merecía llevarse, insisto, en mi opinión, todas las palmas posibles, no sólo por sus excelentes poemas sino por su juventud (si con apenas 20 años, o quizás menos, escribe así, le auguro un gran porvenir). El resto de los finalistas no hacía más que repetir distintas fórmulas ya gastadas de tan usadas, caer en los típicos, previsibles, aburridos y remanidos lugares comunes en los que caen los poetas en ciernes, en formación e incluso los más avezados (pero aunque así sea se tiene al menos la esperanza de que los más avezados se den cuenta y corrijan rápidamente el rumbo) y previsiblemente también, no fue Márquez el ganador (aunque obtuvo, a Dios gracias, el segundo lugar). Quien ganó fue un poeta ecuatoriano dueño de una verborrágica cultalatiniparla, muy oscura y muy hermética donde alguna que otra metáfora interesante se perdía en un mar de palabras rimbombantes, exculcadas de los más profundos abismos del diccionario de la Real Academia Española. 
¿Y eso es poesía? me pregunto yo con un dejo de tristeza. ¿Una suma de palabras, palabrejas, palabros y palabrotas -no por su carácter de exabruptos sino por su temible desuso? ¿Una maraña de versos incomprensibles, donde lo que finalmente queda es nada? ¿Eso merece ganar y no merece ganar una verdadera voz joven, original, diferente, con poemas de esos a los que uno no puede permanecer indiferente porque con su sencillez, su lucidez, su música y calidad nos dicen algo? ¿No merece ganar aquel que con apenas veinte años ya pisa firme en el resbaloso terreno de la poesía? Y aclaro que no me desagradan los palabros y los términos desusados en un poema. Todo lo contrario. Uso mucho de ellos. Pero procuro que sea en una medida apropiada y que tengan un peso específico y necesario para el poema. De nada sirve amontonar palabras, por más hermosas que suenen o más raras que sean, si lo que se va a terminar diciendo es nada. Un poema siempre dice algo, siempre nos dice, nos recuerda que no somos máquinas entrenadas para trabajar, comer y dormir sino que somos seres humanos y estamos para cosas mucho más elevadas y trascendentes en este mundo. Un poema, por último, es un organismo vivo, no un Frankestein mutilado de palabras rejuntadas aquí y allá.

6 de abril de 2009

Esplendor

¿Cuántas palabras -en promedio- usará un buen poeta a lo largo de su escritura poética? ¿Será mejor poeta cuantas más use? ¿Logrará mayor concisión y precisión cuantas más palabras de su propio idioma -y de otros- conozca? Apuesto a que sí. 
Los poeñoños no deben usar más de cien palabras promedio, como mucho, llevándose las palmas, desde luego, la palabra "azul", seguida de cerca, quizá, por la palabra "libertad" y otros sustantivos semejantes. Nuestro bellísimo e incomparable idioma castellano (y no "español", como dicen muchos por allí) consta de más de 280.000 palabras. Sí, han leído bien. Más de doscientas mil palabras están a nuestra entera y absoluta disposición a la hora de escribir poesía. 
Leo aquí que

"Se calcula que el español medio en su vida cotidiana utiliza unas 300 palabras; 500, si es culto, aunque conozca muchas más. Un novelista bueno utiliza 3.000. Cervantes usó 8.000. El Diccionario de la Lengua Española contiene unas 283.000 palabras. El Diccionario Esencial de la Lengua Española —que salió hace dos años e incluye sólo los términos que son comunes a todos los países— tiene 50.000. En el Diccionario del Estudiante hay 30.000. Y en el llamado banco del español hay archivadas cerca de un millón y medio de palabras y frases. Con ese registro general de los vocablos en español desde el año 1500 hasta ahora se confeccionará el Diccionario Histórico de la Lengua Española, cuya elaboración llevará unos 20 años. Todas las palabras estarán allí." 

¿No es fascinante saber que hay tamaña cantidad de palabras a nuestra disposición? ¿Que el mundo puede ser nombrado y renombrado una y otra vez, a nuestro entero gusto? ¿No es esta una reafirmación de que la poesía es adánica -también edénica-, de que funda y refunda el mundo cada vez? ¿No es un llamado a la praxis poética inmediata? ¿No es un grito que nos pide que nos pongamos a poemar ya mismo y que nos dejemos de las rimitas usuales y los versitos aburridos y los poemitas llenos de imágenes insulsas, sosas, vistas ya un millón de veces? ¿Qué excusa puede haber para seguir diciendo siempre lo mismo de la misma manera después de saber que hay más de doscientas mil palabras a nuestra disposición? 
Piensen en todos esos colores que aún no hemos usado para dar el matiz exacto de un amanecer o de un ocaso (lila, malvarrosa, magenta, ocre, opalino, carmesí, bermellón, calipso...). Piensen en todas las armas blancas y de fuego que aún no hemos utilizado en nuestros poemas para abrir definitivamente un tajo allí donde sea necesario (faca, facón, cimitarra, sevillana, kriss, culebrina, bombarda, pistoleta, máuser...). Piensen en todas esas plantas y en todos esos árboles que aún no hemos regado en nuestros poemas (maple, chopo, secoya, ciruelo, nogal...).
Las palabras están ahí y no se mueven. Tampoco se mueren porque caigan en desuso o ya nadie las pronuncie. Si un poeta las usa, todo su esplendor se renueva en ese preciso instante. Y si el lector bufa porque tiene que ir al diccionario para saber qué significa, que no se queje. Los diccionarios nunca hicieron daño a nadie. No son un cementerio ni una mera colección. Son, como querían los griegos, un tesoro viviente encerrado entre dos tapas felizmente rebatibles.

24 de marzo de 2009

Siguiendo con el "día de" o los feriados de ocasión

Hoy es un día ideal para los poeñoños. "La realidad" les brinda pasto abundante para sus chorreos emocionales y sentimentales, esta vez con regusto patriótico, reivindicativo y social. Hoy, que debiera ser un día de recogimiento, de silencio, de respeto, de a lo sumo, alguna reflexión más o menos acorde a las circunstancias, encontraréis que todos los blogs de los poetas "sensibles", atentos a lo que pasa "en la calle" (si un poeta está atento a lo que pasa 'en la calle' y no a lo que pasa en su alma su poesía ya está frita) y con "conciencia social", los mismos que adscriben a la deformada tesis de Adorno de que después de Auschwitz no se puede escribir poesía, están llenos de palabras como 'memoria', 'verdad', 'justicia', 'juicio', 'castigo', 'culpables', 'asesinos', 'perdón', y otros tantos colectivos y términos resumidores por el estilo, coronados, desde luego, por las expresiones estrella de estos días: 30.000 (o treinta mil) y nunca más. Y, más todavía, se llena la web y el mundo Facebook con canciones de León Gieco, de Mercedes Sosa, "Los dinosaurios" de Charly, en fin, de lo mismo de siempre. Y se ponen enlaces a sitios "progre", a medios de izquierda (bueno, o algo así, no creo que exista casi ninguno, pero digamos "barnizados" de izquierda), y se hace mucha alharaca y, como no podía ser de otra manera, en nuestro caso, se cita a los poetas de siempre: Gelman y a continuación, los poetas desaparecidos: Paco Urondo, Roberto Santoro, Miguel Ángel Bustos. Y siempre se lo cita, cómo no, a Rodolfo Walsh. Yo misma caí en esta trampa el año pasado.
¿Y por qué asistimos a este carnaval inverso, a esta celebración sin festejo alguno, a las impepinables marchas a Plaza de Mayo, a la referencia inevitables a las Madres y a las Abuelas, y a la insoportable sobrecarga de asquerosa y deleznable poesía de ocasión, de discursos vacuos y altisonantes, de palabreríos que intentan ocultar la vaciedad del pensamiento general? Simplemente porque "hoy" coincide con un "hoy" de hace treinta y tres años. Como si el inicio del Proceso hubiera significado un verdadero corte en el espacio y el tiempo y lo que antes era rosa y pacífico se volvió negro y macabro. Como si antes del 24 de marzo de 1976 no hubiera habido secuestros, torturas, desapariciones y demás aberraciones. Como si el inicio "oficial" de algo que se venía gestando hacía rato y que muchos alentaron, por omisión o por comisión, fuera motivo suficiente para exponernos a todos a esta contaminación visual e informativa que cada año se vuelve más densa, más rancia y, sobre todo, más aburrida. 
Pero pasa algo peor todavía: se diluyen, se licúan, se fagocitan a sí mismos todos los significados y sentidos que esta fecha pudiera tener en medio de tal profusión de significantes confusos, en medio de tal alienación del discurso. Todo se vuelve exactamente lo mismo y los guardianes de la buena conciencia y los bienpensantes se rasgan las vestiduras cuando alguien manifiesta su descontento o, más aún, su total olvido de qué fecha es esta que tanto revuelo produce y que debería producir, en todo caso, contrición, reflexión, una apertura del paréntesis cotidiano para pensar por qué nos pasó, qué hicimos o no para que nos pasara y qué podemos hacer para que no nos pase de nuevo. 
Pero no. Se prefiere siempre el circo, el más perverso circo del dolor. 

22 de marzo de 2009

El día internacional de lo qué?

Hasta hace apenas 30 minutos en este costado del mundo era el comienzo oficial del otoño y, también, el "Día Internacional de la Poesía". ¿Lo qué? Sí, habéis leído bien, estimados lectores. La poesía también tiene su día, qué tanto. Como la mujer, como el trabajo, como los padres, como San Cayetano y como las secretarias. Leo en un blog vecino que fue 

"proclamado por la UNESCO en 2000 "con el fin de que el arte poético no sea considerado un arte en desuso, sino como una herramienta que permite a la sociedad reencontrar y afirmar su identidad".

A ver un momentito, señores de la UNESCO y demás payasos y poeñoños internéticos que aprovechan la volada para invadir las casillas de e-mail con conmovedoras escenas en pps y con conmovedores videos ad hoc y con los infaltables versos de Gabriel Celaya (una vez tituló un poema espectacularmente bien y quedó condenado el resto de su existencia a ser citado por cuanto plumífero hay dando vueltas en el mundo) y con los no menos infaltables idem de Neruda y con toneladas de greenpoetry sazonadas con los más asquerosos y socorridos lugares comunes del universo y aledaños. A ver un poquito: "¿Arte en desuso?", "¿herramienta que permite a la sociedad reencontrar y afirmar su identidad?". Mmm. Lo que más me molesta es "arte en desuso". La otra expresión se puede discutir, se puede reformular, se puede refinar y hasta precisar más. Pero suponer que la poesía es un arte "en desuso" (como una prenda pasada de moda, digamos) y que por eso debe tener un día asignado en el calendario (que en el norteño hemisferio, de donde suelen partir estas craneadas inefables, coincide con la primavera, claro, la estación poética por excelencia) me parece poco menos que risible.
La poesía no necesita días marcados en el calendario ni momentos prefijados ni instancias predeterminadas por academias o instituciones varias. Necesita poetas. Poetas, no poeñoños. No aficionados, no hobbystas, no versificadores de fin de semana. Necesita mentes pensantes y espíritus sensibles. Necesita del asombro iniciático de los niños y de la sabiduría incontrastable de los viejos. Necesita cabezas abiertas a la sorpresa, a la admiración, al espanto también. Necesita hombres y mujeres dispuestos a renombrar cada cosa, a fundar cada cosa, a otorgarle a cada cosa, a cada ser, su verdadero lugar en el cosmos. Necesita justamente eso, cosmólogos, no meteorólogos ni presentadores del noticiero de mi alma. Necesita manos fuertes, capaces de empuñar la pluma o el teclado hasta sangrar. Necesita cojones y ovarios. Necesita toneladas de meditación hacia el interior de uno mismo, necesita toneladas de más poesía escrita desde lo más hondo de cada ser y no desde lo que ya se ha dicho un millón de veces (el cielo es azul, el sol amarillo, las rosas rojas). Necesita ojos pulverizados por la lectura de otros poetas, necesita poliglotas, necesita sabios comprometidos con todas las áreas del saber y no sólo con la literatura. Sobre todo, no necesita que nadie instaure un día para que los payasos de siempre redoblen sus mamotretos por todo el orbe con la excusa de que "es el día de la poesía, vistesssss" y por eso te encajo ración doble de mis esperpentos. No necesita, más todavía, tener un día que la instaure y sancione como un producto de consumo más y, sobre todo, no necesita ningún día en especial, sino toda la vida. 
Y, si no, a las pruebas me remito: prefiero celebrar el comienzo del otoño en lugar de un rídiculo "día de", que rebaja la poesía a un mero segmento de mercado, a una chuchería de salón, a un entretenimiento bien visto para ociosos con "inquietudes" y, sobre todo, con "sensibilidad social". Lo que menos necesita la poesía es seres de esa laya intentando alcanzarla. 
Celebro, pues, el otoño, como corresponde, con poesía:

VIENTO DE OTOÑO 

Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento 
gloria final a las hojas doradas. 
Arder, fundirse el monte en llamaradas 
crepusculares, trágico y sangriento. 

Gira, asciende, enloquece, pensamiento. 
Hoy el otoño suelta a sus manadas. 
¿No sientes a lo lejos sus pisadas? 
Pasan, dejando el campo amarillento. 

Por esto, por sentirnos todavía 
música y viento y hojas, ¡alegría! 
Por el dolor que nos tiene cautivos, 

por la sangre que mana de la herida 
¡alegría en el nombre de la vida! 
Somos alegres porque estamos vivos. 

JOSÉ HIERRO 
Alegría, 1947.

7 de diciembre de 2008

Frente al espejo (o más autobombo)

Sigo en plan autobombo, sabrán disculpar la inmodestia. Pero estimo que también comprenderán que la única manera que tiene un escritor de trascender mínimamente es, justamente, promocionando su trabajo él mismo (a no ser que tenga amigos en los lugares indicados y les pida que le hagan el autobombo por él). Pero ya Walt Whitman, allá a fines del siglo XIX, para promocionar su recién sacada del horno primera edición de Hojas de hierba, poemario emblemático si lo hay, al que siguió agregándole poemas con el paso de los años, sacaba también notas en los periódicos en los que trabajaba alabando dicha obra, firmando, desde luego, con seudónimos. Así que si Whitman lo hizo... por qué no iba yo a comentarles que nuevamente tengo la dicha de ver publicados en papel dos poemas gracias a un concurso...
Y nuevamente también, a pesar de la dicha que esto implica, queda el regusto amargo, no sólo por no haber ganado, que ese no es realmente el quid de la cuestión, sino por lo desparejo, desprolijo y desequilibrado del resultado final. Como en el caso de Junín, los textos ganadores, en mi opinión, no pasan de mediocres, cuando mucho. El resto de la antología es, asimismo, de un nivel muy bajo y desparejo, cosa que se ve reforzada por el escaso (o nulo, me atrevería a decir) cuidado de la edición. Yo entiendo que todo se hace "a pulmón", "con la mejor intención", "de todo corazón" y todo el ramillete de frases por el estilo que se quieran. Me parece bárbaro, perfecto, atendible, divino, precioso, etc. Eso no obsta que las cosas puedan (y deban) hacerse bien. Al momento de editar una antología, por modesta y bien intencionada que sea, no cuesta nada que alguien se tome algunos (lo ideal sería todos, pero bueno...) de los siguientes "trabajitos":


- Revisar cuidadosamente la ortografía, la gramática y el estilo. Me conformaría con que se revisara exhaustivamente la primera al menos. Si bien se supone que quienes envían sus trabajos al concurso han revisado exhaustivamente sus textos (la itálica no alcanza para dar el rango total de la ironía de esta frase, pero no tengo nada más efectivo a mano), nunca está de más que otro par de ojos vuelva a revisar todo lo enviado, pues si no se dispuso de versión electrónica de los textos y alguien los copió, es muy probable que se deslicen involuntarios errores, como los que detecté ya en esta antología sin siquiera haberla leído por completo. ¡Pásenle el corrector ortográfico por lo menos, muchachos!

- Unificar tipográficamente los textos. ¿Qué significa esto? Entre los escritores nóveles y bisoños existe una tremebunda confusión acerca de cómo deben usarse los signos de puntuación y cuáles deben usarse en cada ocasión. Los signos de puntuación son convenciones lingüísticas con funciones predeterminadas. Existe cierto margen de libertad en su uso (especialmente en la poesía), pero ello no significa que puedan ser usados de cualquier manera o como a uno se le antoje. El caso más gráfico al respecto es el de los puntos suspensivos. Queridos amigos poetas y narradores: los puntos suspensivos, por mucho que insistan, son sólo tres (3). No uno ni dos ni cuatro ni veinte: tres. Otro enorme problema para los novatos es el mejor amigo de la narración, como dice mi maestro Marcelo di Marco: la raya de diálogo, guión largo o inciso. Dicha raya no puede ser ni es nunca la misma que se usa para graficar el signo menos (-) ni tampoco es el guión bajo (_) sino que es, como su nombre lo indica, un guión más largo (—), que se usa única y exclusivamente para indicar el parlamento de un personaje y las acotaciones (o bien frases parentéticas) que hace el narrador y nada más. Y aquí me permitiré hacerle un favor a la población escritoril y les revelaré dónde encontrar dicho signo en el Word: en el menú "Insertar", opción "Símbolo", pestaña "Caracteres especiales" lo veréis muy orondo bajo el rótulo de "guión largo", ocupando el primer lugar de la lista. Deben seleccionarlo y apretar seguidamente la opción "Autocorrección", para proceder a elegir qué tecla deseáis que lo coloque mágicamente en vuestras pantallas y una vez hecho eso, ¡voilá! No habrá más penas ni olvidos ni guiones cortitos ni bajos ni rayitas extrañas sino el signo que corresponde. Más problemas traen, a su vez, los signos de exclamación, los de pregunta y las comillas. Nadie parece saber muy bien dónde abrirlos, dónde cerrarlos, si dejarlos abiertos, cerrados, perdidos o colgados. ¡Parece mentira que cosas tan sencillas cuesten tanto ser entendidas! Si alguien tiene dudas, por favor, sáquenselas: existen cantidad de manuales y gramáticas del castellano que en un trís cumplen con su cometido y nos aclaran cualquiera de estas cuestiones. Por mi parte, recomiendo por un lado la Ortografía esencial del español de Alberto Buitrago y Agustín Torijano, y por otro, ya con nivel de detalle más exhaustivo, El arte de escribir bien en español, manual de corrección de estilo coordinado por María Negroni (hay varias ediciones, una de ellas con un precio bastante accesible -hasta hace unos meses al menos, cuando había 'precios accesibles'). Antes que gastar (tirar) plata en el último best-seller de Pablo Conejo o de Dan Brownie, gasten unos pesitos en los libros de cabecera (diccionarios, gramáticas, manuales, etc.) que cualquier escritor, editor, poeta, persona interesada en las letras y la comunicación debe tener siempre a mano.

- Unificar visualmente los textos. Nuevamente, los escritores nóveles, los bisoños y en ocasiones los muy buenos y experimentados también, suelen tener serios problemas a la hora de definir, por ejemplo, los párametros más sencillos de la opción "Párrafo" del menú "Formato" de quien debería ser su mejor amigo en este mundo, el procesador de textos Word (o el que usaren). Algunos colocan unas sangrías kilométricas, otros desconocen completamente la existencia de las sangrías (¡con la importancia que revisten para el caso de la narrativa!), otros utilizan la que viene por default... La mejor, en mi opinión, es la de o, 5 cm. (la que viene por default es de 1, 25 cm.). Luego está el problema de la distancia entre los párrafos. La mayoría desconoce que existe algo que se llama "espacio activo" y separan todos los párrafos con un "renglón en blanco" cuando esto no es necesario en absoluto, a menos que se quiera indicar un cambio de escena o un cambio temporal. Pero Word, que, insisto, debe ser, sin lugar a dudas, nuestro mejor amigo en este mundo, tiene incluso una opción para separar los párrafos visualmente sin necesidad de apretar enter enter enter como endemoniado. Investiguen la opción "Párrafo" y la encontrarán enseguida.

- Embellecer estéticamente la página. ¿Cómo lograr tarea tan ímproba? Mediante la sencilla operación de utilizar una fuente agradable a la vista y, sobre todo, de las llamadas "serif", es decir de aquellas que llevan al ojo a seguir el flujo del texto sin que éste se canse. Lo diré más gráficamente: ¡¡¡basta de usar Arial!!! (aquí utilizo Arial porque Blogger no me ofrece muchas más opciones y porque esto no está destinado al papel, desde luego). Existen siderales cantidades de fuentes bellísimas, a mano en cualquier sitio de Internet. Pero si aún el expediente de ir, buscarlas y bajarlas a vuestras PCs os parece algo enloquecedor, tened a bien usar Times New Roman o Garamond, fuentes que nos acompañan desde Windows 95 para acá y haréis más felices a vuestros lectores ya que no fatigaréis sus oclayos con una fuente totalmente interdicta, como lo es Arial, para cualquier trabajo literario que se precie de tal. Mi maestro recomienda la fuente New York. Yo le agregaría Book Antiqua también. Lo más triste del caso es que sospecho que todas estas antologías (creo que es la quinta o sexta antología que cae en mis manos con la fucking Arial) usan esa fuente porque es la primera que aparece en la lista de fuentes del Word... ¡y pensar que con sólo darle un poquito de scroll al mouse podrían encontrar tantas fuentes agradables a la vista!

Pero más allá de estos detalles y desprolijidades, lo cierto es que dos poemas míos han visto nuevamente el papel y gracias a mi poesía, como fue este año con el caso de Junín, he conocido otra ciudad que no conocía, Hurlingham esta vez, patria espiritual de Sumo y Divididos, dos bandas que amo desde siempre...

6 de octubre de 2008

Yo mando obras a concursos literarios, ¿y usted?

Sí, yo mando obras a concursos literarios, pero la verdad que no sé muy bien para qué. ¿Qué sueño o anhelo escondido bate sus suaves plumas allí? No lo sé. Supongo que ver publicada, en un libro "de verdad", con todas las de la ley, mis obras. Mi primer librito de poemas dista mucho, aún, de ser un 'libro de verdad', pero al menos no pagué un céntimo por él. De acuerdo, no se ha distribuido en ninguna librería, pero he podido regalarlo a parientes y amigos. De acuerdo, no es lo ideal, pero es un comienzo. Y lo obtuve gracias a un concurso, después de más de diez años enviando obras a concursos de toda calaña, obtuve ese primer y anhelado premio.
Pero ¿qué pasa cuando las obras ganadoras de otro concurso en el que una ha participado son sencillamente horrorosas? ¿Es un aliciente o un baldazo de agua fría en plena cara (por favor no usar aquí la palabra rostro!)? ¿Es un acicate o un 'mejor me dedico a otra cosa y chau'? Prefiero pensarlo como un desafío. El desafío de la resistencia. La absoluta resistencia al modelo o criterio literario que quieren imponer algunos, y que fomentan, quizá de modo inconsciente, lo que lo hace aún peor (aún más perverso), quienes premian bazofias como los textos ganadores del 7º concurso JunínPaís 2008.
¿Estoy sangrando por la herida porque mis maravillosas composiciones no merecieron más que una pobretona mención de honor? Ojalá fuera simplemente eso. Estoy horrorizada y compungida por el hecho de que alguien pueda pensar que 'eso' es literatura, que esos textos merecen estar impresos en letras de molde cuando les faltaba un enorme camino para llegar a un primer borrador más o menos aceptable. ¿Soy yo la única obsesionada con el rigor, el método, la corrección incesante, el pulimiento interminable, la labor limae, nulla die sine linea, etc.? No. Afortunadamente no. Afortunadamente existen otras personas con preocupaciones similares. Afortunadamente incluso personas "ajenas" al mundillo literario expresaron su asombro y disgusto ante el escaso nivel de los textos premiados.
Qué lástima que no los tengo a mano, sólo pude escucharlos en el acto de premiación realizado en la bella ciudad bonaerense de Junín (una ciudad sin colectivos de línea, sin edificios altos, sin mugre y degradación, con calles aún de empedrado, con edificios centenarios...). El poema ganador era insulso. Técnicamente irreprochable pero básicamente insulso. Es decir, no decía nada. Producía lo peor que, en mi opinión, puede producir un poema que es la pregunta "¿y?". Prefiero un millón de veces que me digan "tu poema es una mierda" a que el lector se quede ante él diciéndose "¿y con eso, qué?". Las imágenes eran trilladas, pero esto ya parece imposible de erradicar, puesto que todos estos 'poetas' son fanáticos devotos del escribir bonito y cuantos más lugares comunes ponemos, más poético es, amigos! ¿Alguna vez se percatarán todos estos escribidores que escribir una vez más lo que ya se ha dicho, escrito y leído un millón de veces no sirve de nada? ¿Que es contribuir a que la literatura sea un depósito hediondo de catarsis mal resueltas, una catarata de versitos terapéuticos escritos por amas de casa aburridas, maestras ignorantes o abogados preocupados por la situación social y la crisis financiera mundial? ¡Que escriban, si quieren, pero que no pretendan que eso es literatura, carajo!
Peor fue el caso del texto ganador en cuento. Sobre todo si partimos de la base de que ni siquiera era un cuento. Al menos lo que yo, una lectora voraz desde los quince años, una autodidacta insobornable pero también una destacada alumna de la carrera de Letras, además de poeta y escritora (una amante de la literatura, por si no quedó claro a esta altura), entiendo que es un cuento. Definiciones de cuento hay a patadas, pero cualquier lector mínimamente entrenado en el arte narrativo sabe distinguir uno de inmediato. Un cuento cuenta algo que le pasa a alguien de modo tal que no parezca el noticiero de las siete o la sección policial de Crónica. Pues bien, el texto ganador de tan importante certamen, con un premio por demás apetecible (una suma efectivo más la publicación del libro con obras propias gratis) no era más que una crónica periodística mal disfrazada de literatura, o de algo pretendidamente literario.
Yo me pregunto: ¿qué concepción de la literatura tiene entonces el jurado de ese concurso? ¿Tengo que creer que los poeñoños ganarán la partida y pronto nos veremos inundados por carradas de textos autoeditados, textos vomitivos, textos infumables, textos imbuidos del maldito espíritu del "hágalo usted mismo" que azota este nuevo milenio junto con la asquerosa corrección política que tanto detesto? ¿Es que nunca leyeron un cuento, un cuento de verdad? ¿No saben que un cuento se compone de una situación inicial, de un conflicto que cambia esa situación, de un nudo en el que se decide el rumbo y de un desenlace que puede ser abierto, cerrado, sorpresivo, inesperado, etc.? ¿No saben que agarrar una noticia del diario y ponerla en párrafos y adornarla con lugares comunes no es un cuento? ¿Conocen la diferencia entre el lenguaje informativo y el lenguaje expresivo? ¿No saben que la literatura es, ante todo, EXPRESIVA? ¿Que el lenguaje informativo es nuestro enemigo más atroz? ¿Que por eso hay que evitar los lugares comunes, las frases trilladas, lo ramplón, lo cursi, lo ideico, lo que vemos y oímos a diario?
Parece que todas estas ideas son gloriosamente desconocidas por quienes se dicen escritores, editores, jurados, etc. ¿Qué literatura quieren entonces? ¿Una literatura de noticiero, que diga exactamente lo mismo que Guillermo Andino pero sin sus ojitos celestes de muchacho bueno que nunca transgredió una ley? ¿No saben acaso del PODER de la palabra? ¿No saben que la literatura, la poesía es una forma de la subversión, de la rebelión, de la resistencia a lo anquilosado y obsoleto, de la más maravillosa anarquía? ¿No conocen la diferencia, el abismo que existe entre el diario y un cuento de Cortázar? ¿No han experimentado jamás la inefable revelación que porta un poema bien hecho, un poema verdadero, un poema nacido de las entrañas y trabajado con dedicación de orfebre hasta dejarlo reluciente como un alhaja, siempre nuevo cada vez, vivo de una vez y para siempre?
Parece que no.
De cualquier manera, no dejaré por ello de enviar obras a concursos literarios, incluso a este mismo y a cualquier otro que se me ponga a tiro, porque creo que nuestro trabajo debe ser reconocido. Que los ñoños hayan ganado esta batalla no significa que vayan a ganar la guerra.

24 de agosto de 2008

Cuando el arte necesita la explicación del artista

Fui invitada a participar con un texto publicado en poematriz (éste) en el Festival por las Mil y Una Artes, que se realizó este domingo en el centro cultural de igual nombre. Había también bandas en vivo, eléctricas y acústicas, exposición de cuadros, performances de teatro, fotografía, etc.
No deseo hacer una review de lo que vi porque no es la idea de este blog ni fui con ese espíritu, sino que deseo reflexionar sobre algo que vengo observando hace ya tiempo y que hoy volvió a aparecer frente a mis ojos. Se relaciona específicamente con la plástica, con las artes plásticas y sobre todo lo he visto con la pintura, como fue el caso hoy.
Parece que un cuadro ya no puede sostenerse por si mismo y el artista, en este caso el pintor, debe además escribir en un papel aparte qué quiso decir con el cuadro. No es la primera vez que lo veo, por eso volvió a llamarme la atención. Ejemplo gráfico: un cuadro, bastante bueno, de un ala de mariposa. Al lado, un cartelito con palabras de la autora en las que intentaba explicar qué había querido decir con eso. Algo tan banal y ñoño que ni siquiera lo retuve. Algo que el cuadro no requiere ni requeriría jamás. Yo, como espectadora, no necesito que me digan que las alas de la mariposa ahí pintadas simbolizan los sueños, la libertad o cualquier otra patraña por el estilo. Yo, si tengo ganas, sacaré mi propia conclusión al respecto. Yo, si el cuadro me moviliza, en uno u otro sentido, decidiré qué simbolizan esas alas para mí, algo que no necesariamente debe concordar con lo que el artista, supuestamente, "intentó".
¿Qué tal si Da Vinci hubiera puesto un cartelito al lado de La Gioconda diciendo "pinté a esta pelotuda para darle la única alegría de su vida" o cualquier otra cosa ajena, foránea en tanto es otro soporte, a la obra? ¿Por qué no también empezar a explicar los poemas o las novelas que escribimos con un apéndice o, mejor aún, con un menú contextual desplegable?
Ya sé: todo esto se debe al llamado "giro lingüístico", maldito giro posmoderno por el cual ya no hablamos de música, pintura o fotografía, sino de "discursos musicales", "discursos pictóricos" y así por el estilo. Y siendo una defensora acérrima y total, una laburanta de la palabra, una fanática del lenguaje, mi única religión como siempre decimos con un amigo, no me agrada en absoluto que otros lenguajes deban adoptar la lengua para expresarse o para descifrar su intención última, cuando debieran tener (lo peor es que la tienen) la fuerza suficiente para decirnos lo que quieren decirnos sin recurrir a otras ajenidades.
Si pintás, limitate a pintar y a decir todo lo que querés decir con el pincel. Si pintás y además querés escribir, me parece genial, es más te aliento a ello y a que incluso intentes fundir ambas artes, pero no quiero que me des un cuadro y al lado una explicación escrita, innecesaria e inentendible en ocasiones de "lo que quisiste hacer" o de "cómo te ves inmerso en el panorama del siglo XXI". Dejale esa ingrata tarea a los críticos, que para eso están o deberían estar (aunque también podríamos discutir cuál es su verdadera función, pero lo dejo para otro post).
Qué será lo próximo, me pregunto también. Cuál será el próximo giro, qué vuelta dará el arte (o el no-arte) esta vez...

26 de marzo de 2008

El ganador del Orozco no es un poeñoño

¡Bien! Me alegro.
Confieso que consideré seriamente presentarme a ese concurso de poesía (me refiero al "Premio de Poesía Olga Orozco", en cuyo jurado se encontraban, entre otros, Jorge Boccanera y el genial poeta chileno Gonzalo Rojas). Pero, como siempre, los imponderables vericuetos de mi mente más las vicisitudes de una existencia excesiva (y falsa)mente romántica hicieron que el tiempo pasara y no llegara a preparar nada... Mentira: tenía un poemario listo desde hace mucho. Podía haberlo enviado y ya. Sin tanto aspaviento, sin hacer escombro. Pero no me animé. No tuve ovarios. ¿Los tendré para la próxima edición? Ojalá.
Por eso me alegro. Porque el premio no lo ganó un poeñoño ni un detestable espontaneísta ni un versificador del año 10. Lo ganó un poeta, un vociferador, un hacedor, como dijera Borges vía los queridos griegos. Extraigo de una nota algo exigua pero buena en su brevedad algunas frases de Eugenio Mandrini (el ganador, pues) que me parece valen la pena ser leídas y tenidas en cuenta. Consultado acerca de su forma de escribir, dijo: 

"Escribo en la soledad más absoluta, fatalmente de noche en mi laboratorio, tapo la ventana con una frazada para que no haya luz porque la abrumadora realidad del nuevo día me inhabilita los conocimientos con los que escribo. También cuento con un interlocutor inventado que me lee en voz alta, porque el ojo silencioso no puede alcanzar ese espacio. A su vez, recibo de dos maneras el hecho poético: un pinchazo de alfiler, como un herpes, erupción que va a salir; o gran desasosiego como un escorpión y yo sé que algo viene. Siempre aparecen algunas palabras; para sostenerlas les pongo un título, sin él no puedo escribir porque es la capa del mago, el telón de fondo del teatro: donde se descorre aparece algo extraordinario."

Acerca de la poesía, sentenció:

"No alcanza con decir que la poesía es un oficio, ha llegado el momento de que la poesía vuelva a ser difícil, aunque hoy haya editoriales que se encarguen de recoger la hojarasca de tanta gente que escribe".

¡Bien! Mandrini es de los nuestros. Y cuando dice 'díficil' no quiere decir ni hermética ni abstrusa ni obligadamente oscura ni tampoco complicada al pedo. Quiere decir que la poesía no es una serie de versitos que riman diciendo las pavadas que flotan en la mente de cualquier espelunco o de, como bien dice, "gente que escribe", no poetas; quiere decir que lo primordial no es el facilismo ni el qué lindo, soy poeta porque rimé a con b ni mucho menos soy poeta por expulsar todo el cieno que hay en mi pobre alma y ya está, no hace falta más (en este desdén por la forma, por el cómo se dice lo que se dice se basa toda la patraña en que se sustentan y reproducen los poeñoños). Quiere decir que detrás de todo poema no sólo hay un arduo trabajo (casi se diría una lucha encarnizada con el lenguaje) sino también un pensamiento, una auténtica inquietud existencial que trasciende las fronteras de mi propia carnadura y puede hacerse carne en el otro. 
Y detrás de todo poema hay también algo que inevitablemente se escapa, que nunca se puede asir o alcanzar, que permanece inexpresado hasta el próximo intento, el próximo poema (la poesía misma, pues). Un poema límpido como el cristal no es un poema, es un informativo del estado del tiempo del alma de algún pobre diablo con ganas de ser "artista" pero no un poema, por más que esté en verso, rime y hasta esté centrado al medio. Un 'poema' límpido, explicativo, informativo, ordinario, bah, lo escribe cualquiera con más o menos pericia. Versificadores de versitos límpidos como el cristal hay a patadas. Gran parte de ellos son los que editan en editoriales piratas como Dunken et alia. Pero ¿eso es poesía, auténtica poesía lírica? ¡No!
Sigue Mandrini:

"Me inclino ante la vehemencia de la palabra de la poesía celebratoria, una poesía de carnadura lírica, poetas inmoderados. No hay poesía sin lirismo, sólo la urgencia dicta lo popular. Mis poetas necesarios son Jorge Bocannera, Jorge Aulicino y Leopoldo Castilla."

Poco más que decir. Aplausos. Vivas. Felicitaciones por el premio. Y a comprar su libro, que bien merecido lo tiene, cuando se edite.

13 de marzo de 2008

Lo poéticamente incorrecto

¿Alguien recuerda lo que era tener una opinión? En los ríspidos y crispados tiempos que corren cualquiera que detente una opinión más o menos fundamentada y se atreva a expresarla por cualquier medio a su alcance, será tildado, de inmediato y cuando menos (y por las personas menos indicadas para), de "autoritario" o directamente "fascista". Lo he visto en este mundo virtual en el que me alojo y rumio, pero también fuera de él (aunque a veces me pregunto si existe un 'afuera' de la red, si no es que todo -pero tooooodo- está metido allí dentro). Sin embargo, es mucho más patente en los foros, grupos y listas poéticas que frecuento, ya sin el entusiasmo que supe tener antaño (salvo por mi amado Zaguán).
Es que uno se cansa. Se cansa de ser poética y políticamente correcta. Se cansa de gastar pólvora en chimangos. La pólvora, como todo lo demás, está cada vez más cara y aunque hablar es gratis, hablar con algún fundamento requiere cierta preparación, cierto nivel, cierto impulso también y todo eso sí que cuesta. Y uno, una se cansa de avivar giles. Bah, ojalá se avivaran. Son tan giles que ni de eso se dan cuenta. Están convencidos de su idiocia y nada los moverá de allí. Son como el burgués: ¡que lo van a asustar con poesías! ¡Que los voy a asustar con pedigrí universitario! Su círculo de ignorancia es tan perfecto que nada puede atravesarlo: ni un tanque ni una bala, mucho menos un pensamiento bien construido. Un pensamiento pensado y en proceso de pensarse, valga la rebuznancia.
En los últimos días cada vez que he abierto mi bocota virtual en un foro que frecuento y que años ha supe moderar (ya saben cuál, "Azul y Palabras" -¡oh, Kari! si supieras que nada ha cambiado desde que renunciamos a excepción de los insoportables saluditos-) los ignaros han desplegado, con total desparpajo, su prejuicio contra cualquier cosa que parezca más o menos ilustrada o que tenga cualquier ligero tufillo a sabihondez universitaria. Igual que en aquel momento, bah, aunque fueran otros (sucede que se reproducen a muy alta velocidad, y es entendible: ser un buen lector de poesía o ser un poeta más o menos pasable lleva mucho esfuerzo, tiempo y dedicación). Felices de no saber hilar dos frases coherentes, amparándose en bobos tiros por elevación (si supieran qué significa realmente la "Defensa de la poesía" de P. B. Shelley en el contexto del romanticismo inglés no la andarían blandiendo tan alegres), todo lo que hacen es denostar (cuando no descalificar directamente) a quien no acuerda con su ñoña manera de pensar y de ver la poesía.
Cuando el cuco universitario aparece, esa especie de Godzilla que destruye todo lo que toca, que arruina las Sublimes Esencias de la Poesia, que se atreve a Iluminar lo que debe permanecer Oscuro, que hace lugar a otros saberes para Interpretar los Sacrosantos e Intocables Textos Poéticos, los filisteos fanáticos del espontaneísmo y otras paparruchas por el estilo, los que hablan de Experiencias Inefables, Inexplicables e Imperecederas, sacan a relucir su ñoñez y proclaman idioteces tales como "la poesía no es literatura", confundiendo a ojos vista el texto poético (y como tal, dentro de lo que se considera "literatura" y no rocket science) con la eventualidad de lo poético, fenómeno de la percepción que puede producirse tanto a partir de un poema como de cualquier otro evento no textual, en tanto es una cualidad, una sensación, un estado o como queramos definirlo y por lo tanto puede residir fuera de la textualidad pura (aunque también en ella y no necesariamente confinada en un verso: ¿acaso Rayuela no es un gran y enorme poema, entendiendo poema en sentido lato, claro?).
Pobre de mí que pretendo que los felices ñoños entiendan algo así. Pobre la universidad pública, gratuita y estatal que me dio armas y conocimientos para poder decir esto sin temor a equivocarme o a incurrir en un dislate fenomenal como la mayoría de las cosas que entran día a día en mi pobrecita inbox. Pero, más bien, pobres ellos que se arrogan el derecho de cerrar la puerta al debate y el disenso no sólo descalificando al adversario, recurriendo a lo más bajo de la polemología, sino adornándolo todo con frases vacuas, hueras, carentes de todo sustento, que obturan el paso de cualquier luz, por ínfima que sea.
Me dijo un poeta y fotográfo amigo hace poco: "usted quiere iluminar pero encandila". Puede ser. ¡Que se encandilen de una vez por todas! ¡Ya me hartaron con tanta estupidez! Francamente, como dijera ya Catulo, me importa un bledo. La poesía es una fuente universal e inagotable y el único crítico literario que dirimirá todas estas cuestiones es el Tiempo. A él encomiendo yo mis obras. Él dirá. No yo. Muchos menos ellos.
Resumiendo: si usted tiene una opinión fundamentada en argumentos bien elaborados (pasibles, desde luego, de ser discutidos como tales) y tiene ganas de expresarla, lo mejor que puede hacer es fundar un blog y mandar a la mierda y cagarse en todos los envidiosos pelotudos que enseguida levantarán su dedo virtual y le dirán: ¡Autoritario! ¿Cómo se te ocurre tener una opinión diferente a la mía? ¡Fascista! ¿Cómo vas a mezclar la pulcra poesía con esa sucia puta de la universidad! ¡Cuidado, es un terrorista y está a punto de lanzar una opinión! ¡Masácrenlo! ¡Nazi! ¿Cómo vas a decir que lo que estás diciendo ya lo dijo Williams? ¿No tenés pensamiento propio? (los que no lo tienen son ellos, pero jamás lo admitirán, rumiador leyente) ¡Loco, insano! ¡La espontaneidad ante todo! ¡El sentimiento y nada más! ¡Fuera técnica, fuera reglas! ¿La poesía un dispositivo textual? ¡Pobre de vos! ¡Se ve que nunca leíste nada! (esto se lo dicen a alguien que lee y traduce poesía en varios idiomas) ¡Cómo se ve que no sabés nada de poesía! (esto se lo dicen a alguien que escribe desde los 15 años y ya va a cumplir 34) ¡No tenés nada que decir y te escudás en esas palabras complicadas! (claro, como nunca estuvieron en contacto con la teoría literaria, todo les parece abstruso; lo bien que les vendría primero aprender a escribir con alguna corrección, luego con alguna felicidad y más luego cultivarse un poco, aunque más no fuera un poco) y así por el estilo.
Esto es lo poéticamente correcto según los eventos consuetudinarios de la web: escribir idioteces de prescolar, ignorar todo lo que provenga de una fuente más o menos ilustrada y ampararse en supuestras trascendentalidades que nadie trascienden. Pues en mi opinión: ¡viva lo poéticamente incorrecto!

AP