6 de octubre de 2008

Yo mando obras a concursos literarios, ¿y usted?

Sí, yo mando obras a concursos literarios, pero la verdad que no sé muy bien para qué. ¿Qué sueño o anhelo escondido bate sus suaves plumas allí? No lo sé. Supongo que ver publicada, en un libro "de verdad", con todas las de la ley, mis obras. Mi primer librito de poemas dista mucho, aún, de ser un 'libro de verdad', pero al menos no pagué un céntimo por él. De acuerdo, no se ha distribuido en ninguna librería, pero he podido regalarlo a parientes y amigos. De acuerdo, no es lo ideal, pero es un comienzo. Y lo obtuve gracias a un concurso, después de más de diez años enviando obras a concursos de toda calaña, obtuve ese primer y anhelado premio.
Pero ¿qué pasa cuando las obras ganadoras de otro concurso en el que una ha participado son sencillamente horrorosas? ¿Es un aliciente o un baldazo de agua fría en plena cara (por favor no usar aquí la palabra rostro!)? ¿Es un acicate o un 'mejor me dedico a otra cosa y chau'? Prefiero pensarlo como un desafío. El desafío de la resistencia. La absoluta resistencia al modelo o criterio literario que quieren imponer algunos, y que fomentan, quizá de modo inconsciente, lo que lo hace aún peor (aún más perverso), quienes premian bazofias como los textos ganadores del 7º concurso JunínPaís 2008.
¿Estoy sangrando por la herida porque mis maravillosas composiciones no merecieron más que una pobretona mención de honor? Ojalá fuera simplemente eso. Estoy horrorizada y compungida por el hecho de que alguien pueda pensar que 'eso' es literatura, que esos textos merecen estar impresos en letras de molde cuando les faltaba un enorme camino para llegar a un primer borrador más o menos aceptable. ¿Soy yo la única obsesionada con el rigor, el método, la corrección incesante, el pulimiento interminable, la labor limae, nulla die sine linea, etc.? No. Afortunadamente no. Afortunadamente existen otras personas con preocupaciones similares. Afortunadamente incluso personas "ajenas" al mundillo literario expresaron su asombro y disgusto ante el escaso nivel de los textos premiados.
Qué lástima que no los tengo a mano, sólo pude escucharlos en el acto de premiación realizado en la bella ciudad bonaerense de Junín (una ciudad sin colectivos de línea, sin edificios altos, sin mugre y degradación, con calles aún de empedrado, con edificios centenarios...). El poema ganador era insulso. Técnicamente irreprochable pero básicamente insulso. Es decir, no decía nada. Producía lo peor que, en mi opinión, puede producir un poema que es la pregunta "¿y?". Prefiero un millón de veces que me digan "tu poema es una mierda" a que el lector se quede ante él diciéndose "¿y con eso, qué?". Las imágenes eran trilladas, pero esto ya parece imposible de erradicar, puesto que todos estos 'poetas' son fanáticos devotos del escribir bonito y cuantos más lugares comunes ponemos, más poético es, amigos! ¿Alguna vez se percatarán todos estos escribidores que escribir una vez más lo que ya se ha dicho, escrito y leído un millón de veces no sirve de nada? ¿Que es contribuir a que la literatura sea un depósito hediondo de catarsis mal resueltas, una catarata de versitos terapéuticos escritos por amas de casa aburridas, maestras ignorantes o abogados preocupados por la situación social y la crisis financiera mundial? ¡Que escriban, si quieren, pero que no pretendan que eso es literatura, carajo!
Peor fue el caso del texto ganador en cuento. Sobre todo si partimos de la base de que ni siquiera era un cuento. Al menos lo que yo, una lectora voraz desde los quince años, una autodidacta insobornable pero también una destacada alumna de la carrera de Letras, además de poeta y escritora (una amante de la literatura, por si no quedó claro a esta altura), entiendo que es un cuento. Definiciones de cuento hay a patadas, pero cualquier lector mínimamente entrenado en el arte narrativo sabe distinguir uno de inmediato. Un cuento cuenta algo que le pasa a alguien de modo tal que no parezca el noticiero de las siete o la sección policial de Crónica. Pues bien, el texto ganador de tan importante certamen, con un premio por demás apetecible (una suma efectivo más la publicación del libro con obras propias gratis) no era más que una crónica periodística mal disfrazada de literatura, o de algo pretendidamente literario.
Yo me pregunto: ¿qué concepción de la literatura tiene entonces el jurado de ese concurso? ¿Tengo que creer que los poeñoños ganarán la partida y pronto nos veremos inundados por carradas de textos autoeditados, textos vomitivos, textos infumables, textos imbuidos del maldito espíritu del "hágalo usted mismo" que azota este nuevo milenio junto con la asquerosa corrección política que tanto detesto? ¿Es que nunca leyeron un cuento, un cuento de verdad? ¿No saben que un cuento se compone de una situación inicial, de un conflicto que cambia esa situación, de un nudo en el que se decide el rumbo y de un desenlace que puede ser abierto, cerrado, sorpresivo, inesperado, etc.? ¿No saben que agarrar una noticia del diario y ponerla en párrafos y adornarla con lugares comunes no es un cuento? ¿Conocen la diferencia entre el lenguaje informativo y el lenguaje expresivo? ¿No saben que la literatura es, ante todo, EXPRESIVA? ¿Que el lenguaje informativo es nuestro enemigo más atroz? ¿Que por eso hay que evitar los lugares comunes, las frases trilladas, lo ramplón, lo cursi, lo ideico, lo que vemos y oímos a diario?
Parece que todas estas ideas son gloriosamente desconocidas por quienes se dicen escritores, editores, jurados, etc. ¿Qué literatura quieren entonces? ¿Una literatura de noticiero, que diga exactamente lo mismo que Guillermo Andino pero sin sus ojitos celestes de muchacho bueno que nunca transgredió una ley? ¿No saben acaso del PODER de la palabra? ¿No saben que la literatura, la poesía es una forma de la subversión, de la rebelión, de la resistencia a lo anquilosado y obsoleto, de la más maravillosa anarquía? ¿No conocen la diferencia, el abismo que existe entre el diario y un cuento de Cortázar? ¿No han experimentado jamás la inefable revelación que porta un poema bien hecho, un poema verdadero, un poema nacido de las entrañas y trabajado con dedicación de orfebre hasta dejarlo reluciente como un alhaja, siempre nuevo cada vez, vivo de una vez y para siempre?
Parece que no.
De cualquier manera, no dejaré por ello de enviar obras a concursos literarios, incluso a este mismo y a cualquier otro que se me ponga a tiro, porque creo que nuestro trabajo debe ser reconocido. Que los ñoños hayan ganado esta batalla no significa que vayan a ganar la guerra.

3 comentarios:

Daniel Medina dijo...

Hola!
Pequeña y gigante niña, A.P. ¿Perdónalos, pues no saben lo que saben.!
Nadie ya sabe nada. Sí existen preocupados por lo que decís, pero no figuran en grandes letras de molde. Quizá ya ni les interese.
Señalo tu enorme coraje, puesto que, denunciar en si mismo, es un acto subversivo ¿Entonces qué? Seguí siendo subversiva.
Nada sabrá nunca la literatura de: moldes, de imposturas, de premiaciones ni
de valores. Nos fue legada como posta, para estar siempre en contra. Vos lo decís
"El desafío de la resistencia". Pues resistamos así.
Hay una noción muy clara en política, el espacio que no ocupamos, lo ocupa el enemigo; pero no basta con ocuparlo, hay que denunciarlo también.
Hacerle ver a los otros, a los despreocupados, a los perezosos, a los tímidos, a los callados, que hay otros posibles ¿Qué inmensa tarea?
No hay lugar para dudas, no sabremos de premios que no provengan más que del amor al trabajo hecho a conciencia.
No te distraigas más de tu norte. Tu sagrado norte es el del artista, quien sólo sabe de triunfos contra si mismo. El eterno e inmenso don de superarse sin esperar el neón.
Seguí participando, es tu derecho, tanto como el nuestro es poder leerte acá o donde sea.
Gracias por ello y no cejes, que te esperamos con ansias de rumiantes.

Anónimo dijo...

Qué resplandor tienen tus palabras, nena. Creo que soy de los que no tienen autoridad como para embanderarse con tu sublime lucha, pero estoy dispuesto a poner el hombro. Provengo de ese lenguaje informativo que merece desprecio, que me esculpió desde chico, y me lo descascaro nerviosamente con una espátula precaria -que forjé con torpeza y desesperación en alguna batalla pretérita que osciló entre la crónica y el eructo de joven corresponsal en sesiones de Concejo Deliberante sin más trascendencia que el Alumbrado, barrido y limpieza-. Me uno a tu epopeya, aunque desde una esfera más profana: el periodismo. Tal vez, porque también me pudre la pasteurización de los epítetos, la lima hedionda con que se pulen las noticias para que la potencia subversiva se convierta, cuanto mucho, en alpiste para las aves de corral.
No sé cómo es, ignoro cuándo y me pregunto dónde está la victoria que rumiamos cada vez que personas como vos ponen la carne de palabras sustanciosas en escena. Quizá, nuestro triunfo sea ponerlas sobre el tapete, a pesar de los financistas de la vulgaridad y los emprendedores de versos amarretes.
Yo trafico palabras. Cada uno pelea con el facón que puede. Abrámonos camino, entre líneas, en paredes enclenque, en los blogs. Donde quepa una metáfora sabrosa, que tiente, que invite, que emocione, anidará el germen que pugnará por ser tallo dispuesto a fagocitar el asfalto con su savia caliente. Entre los escombros, croan las ranas que no madrugan pero no duermen. Esa es nuestra ventaja: estamos afuera por la acritud de sus normas. Somos malón en acecho y no hay zanja que frene a Pincén -que, dicho sea de paso, era un ladino que manejaba el quechua y el español sin parangón. Los remington garantizaron las tapas de La Nación en 1880 como la picana en el 76. El raquitismo cultural, la mezquindad que cotiza en bolsa y el individualismo de góndola avalan la mediocridad de lo que se publica y se convierte en masivo. Que nuestras lanzas se metamorfoseen y nuestra poesía sea plaga, aunque nuestro placer habite sólo los bordes de un mapa resquebrajado.
"No hay que irse ni quedarse, hay que aprender a resistir", escribió Gelman. Y no se me ocurre nada mejor.

Anónimo dijo...

Confieso que a veces las coincidencias me espantan y otras veces me sorprenden gratamente. Ambas tenemos la misma edad, ambas pertenecemos al mismo signo, egresé hace 12 años de la carrera de Letras, escribo, soy profesora de Latín y Griego, quepo en las tres versiones del verbo "rumiar" y pacto con el diablo por un chocolate. Si había que cumplir algún rito iniciático para ingresar en la Cofradía, ya fue superado.
Bienvenida,
Mujer Marca A.C.M.E.